Al grito de "Mamá... ¡tengo sed!" llegábamos corriendo de la escuela atacábamos el refri en busca de algo fresco, muy fresco, para mitigar el calor de la escuela y el trayecto a casa.
Ya fuera agua de frutas, tal vez un refresco bien frío o simplemente un vaso con agua corriente (se podía tomar directamente de la llave); el caso es que nos refrescábamos, botábamos útiles y uniformes y entonces sí... ¡a comer!, y a disfrutar del resto de la tarde, salir en la bici, a jugar una "cascarita" o ver la tele; si acaso algo de tarea.
Hoy la Ciudad de México ha "tronado", y dice "¡tengo sed!"; el Distrito Federal tiene mucha, mucha sed, pero no hay fuente de agua que la pueda mitigar, nos la hemos acabado.
¿Cómo fue tan rápido?, ¿Qué hicimos mal? ¿Quién fue?... ni al caso, el asunto es que aquí ya no hay agua, y los seres humanos no podemos sobrevivir sin ella.
No es tiempo ya de campañas, de "concientización", ni siquiera de acciones radicales. No hay agua, y punto.
Ni Ebrard, ni Calderón, ni Luege ni nadie puede darle agua al Distrito Federal. No hay, y ya.
¿Irá siendo tiempo, ahora sí, de enfilar las baterías hacia otros derroteros?, muy probablemente que sí, y a donde lleguemos nos la vamos a volver a acabar, porque simplemente así somos los mexicanos; no aprendemos nunca, aunque tan dura sea la lección.
Mientras, la otrora Ciudad de los Palacios nos recuerda su lamento cotidiano con un "¡tengo sed!". Desértica zona lacustre muy pronto veremos surgir.
jueves, 3 de septiembre de 2009
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